Hace unos años leí el libro Lose Well, de Chris Gethard. El capítulo llamado "Punk" tiene un pasaje que no he podido sacarme de la cabeza.
Chris cuenta que, siendo adolescente, fue a un toquín punk y le compró un cassette a una banda. Al verlo, preguntó algo que hoy suena absurdo:
—¿Quién les dio permiso para hacer esto?
No preguntaba por derechos de autor ni por licencias. Lo preguntaba de verdad, porque el cassette tenía portada impresa, caja, lista de canciones. Parecía un producto "de verdad". En su cabeza, esas cosas las hacían las fábricas, y las fábricas eran territorio de los adultos.
La respuesta fue tan simple que le cambió la manera de ver el mundo.
—Nadie. Nada más lo hicimos.
"Nada más lo hicimos" es una idea tan obvia ahora, que cuesta recordar que alguna vez no lo fue.
Me acordé de la primera vez que tuve un sitio web.
No fue en GeoCities ni en Tripod. Un amigo de la prepa contrató internet y el proveedor le regalaba unos megabytes para publicar una página. Pasamos un fin de semana viendo el código fuente de otros sitios, copiando etiquetas HTML y experimentando hasta tener un sitio lleno de babosadas.
Era horrible.
Y era nuestro.
Unos días después, durante una comida familiar en casa de mi tía Irene, les conté muy orgulloso que tenía "una página web".
—¿Qué publicas ahí?—preguntó mi tía.
—Lo que sea. Chistes, dibujos, fotos escaneadas.
—¿Pero hay un proceso para poner eso en internet?
—Nada más hacemos la página y la copiamos al servidor.
Hizo una pausa.
—¿Y quién te dio permiso?
—Nadie.
Todavía recuerdo su cara. No sé si le sorprendía que existiera un medio donde cualquiera pudiera publicar, o que un chamaco como yo pudiera hacerlo sin que un adulto "aprobara" primero el contenido.
Durante mucho tiempo esa fue una de las cosas más extraordinarias de internet.
No necesitabas convencer a una editorial para escribir.
Más adelante, no necesitabas una estación de radio para hablar.
Después, tampoco una televisora para grabar un programa.
Simplemente hacías la cosa.
Con los años nos acostumbramos tanto a publicar que olvidamos lo raro que era. Hoy mucha gente siente que existir en internet significa abrir una cuenta en una plataforma. Es como visitar una ciudad y nunca salir del aeropuerto.
Internet es mucho más que eso.
Puedes abrir un blog.
Puedes publicar un podcast.
Puedes mandar un newsletter.
Puedes subir una página hecha por ti.
Puedes hacer algo sólo porque quieres que exista.
Nadie te tiene que dar permiso.
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